Uso del tiempo y la urgencia por compartir las tareas domésticas y de cuidado

Comunidad Mujer
"Uso del tiempo y la urgencia por compartir las tareas domésticas y de cuidado"

Cuánto tiempo dedica una persona a sus estudios, a la generación de ingresos, a las labores domésticas y de cuidado y a la recreación, varía según su edad y ciclo de vida, el territorio, el nivel socioeconómico, etc. Sin embargo, tal como revelan los estudios sobre el uso del tiempo en distintos países, el género es la variable que imprime mayores diferencias en el modo en que se organiza y distribuye el recurso temporal.

 

En el marco de la sostenida inserción de las chilenas al mercado laboral y, por tanto, de su progresiva renuncia a la dedicación exclusiva a las labores domésticas y de cuidados en el hogar, los resultados de la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2015) permiten advertir las nuevas dinámicas familiares en torno a la división sexual del trabajo.

 

¿Cómo se han redistribuido las responsabilidades que implica el trabajo no remunerado entre aquellas parejas en que el hombre y la mujer trabajan remuneradamente? ¿Existe una inserción de los hombres en el espacio doméstico que compense las nuevas formas en que las mujeres se están posicionando en el mundo público? El reciente estudio de ComunidadMujer “Uso del tiempo y la urgencia por compartir las tareas domésticas y de cuidado” analizó los patrones de división sexual del trabajo en parejas heterosexuales adultas, donde ambos están ocupados.

 

Las conclusiones son alarmantes y dan cuenta de la urgencia de mayores niveles de corresponsabilidad social y familiar.

 

A pesar de los importantísimos avances de las mujeres, que a lo largo de las últimas décadas han logrado ocupar espacios relevantes en el mundo público, la sociedad chilena sigue siendo machista y androcéntrica en la definición y valoración del rol y aporte de las mujeres a su economía.

 

La demanda por mayores niveles de corresponsabilidad social y familiar en el espacio doméstico es urgente. Aún entre las parejas donde ambos están insertos en el mercado laboral, persiste una vinculación casi irreflexiva, obligatoria y desinteresada de las mujeres con su tradicional rol en el mundo doméstico, aportando con casi el 70% de las horas de trabajo que éste implica para la pareja. Es decir, las labores no remuneradas significan una segunda jornada completa. Entre los hombres, en cambio, hay resistencia para avanzar hacia la democratización de las relaciones de género al interior del hogar y su vinculación con el mundo doméstico sigue estando estereotipada.

 

De cualquier manera, es importante recalcar que las desigualdades van más allá de las horas de trabajo. Es relevante el tipo de tareas que asume cada miembro de la pareja y, sobre todo, quién toma las decisiones. Por ejemplo, en el caso de las parejas con hijos/as pequeños, una distribución verdaderamente igualitaria de las labores de cuidado implicaría que los padres también se hagan cargo de la gestión y el control de los cuidados, aun cuando la madre esté presente, y que decidan la alimentación y vestimenta del niño/a, lo que debe llevar al colegio, la hora que hay que concertar con el médico o conseguir quién lo/a cuide cuando ambos padres no estén. En otras palabras, es distinto cuidar de alguien con una lista de indicaciones respecto de lo que hay que hacer, a cuidarlo sabiendo qué es lo que se necesita.

 

Las mujeres siguen siendo consideradas como segundas perceptoras de ingresos. La concepción del hombre como proveedor principal del hogar parece inmutable a la revalorización del rol de las mujeres en los espacios públicos y privados. El tiempo de trabajo remunerado de las mujeres es prescindible cuando la demanda de cuidados en el hogar aumenta y, con este, se vuelve secundario su derecho de autonomía económica.

 

Es perentorio seguir visibilizando y avanzar hacia la valoración del trabajo que realizan las mujeres dentro y fuera del hogar. Las mujeres tienen una carga global de trabajo más extensa que los hombres, pero patrones económicos, sociales y culturales insisten en la invisibilización y desvalorización de su trabajo en el mundo público y privado. En el mercado laboral, sus sueldos son más bajos que los de los hombres y en la esfera doméstica, se sigue normalizando la dependencia económica con sus parejas y la exigencia de dar prioridad a la familia por sobre su desarrollo laboral. Lamentablemente, todo ello tiene un correlato en la vejez donde las mujeres, aun trabajando más horas y cumpliendo una multiplicidad de roles, reciben pensiones más bajas, como resultado de las discriminaciones que marcaron sus trayectorias personales y laborales.

 

Con todo lo anterior, la inserción laboral ha tenido efectos contradictorios sobre la calidad de vida de las mujeres, produciéndose nuevas formas de desigualdad de género.

 

El desgaste emocional y sicológico que provoca el trabajo, ya sea remunerado o no, influye en la satisfacción con la propia vida. La Encuesta de Calidad de Vida y Salud para el período 2015 y 2016, publicada hace unos meses por MINSAL, revela que las mujeres chilenas están menos satisfechas que los hombres con su calidad de vida (63,8% de ellas la considera buena o muy buena versus el 71,1% de los hombres; ENCAVI, 2017) y que, entre las ocupadas, una de las dimensiones peor evaluadas es la dificultad para conciliar su vida laboral y familiar (un 31,2% de ellas declara pensar en las tareas domésticas y familiares cuando están trabajando versus el 13,1% de los hombres).

 

Finalmente, la alta carga laboral entre las mujeres implica escasez de tiempo para la realización y diversificación de las actividades personales, como la dedicación de tiempo al autocuidado, ocio y recreación, actividades educacionales y de perfeccionamiento, etc. Las dobles cargas laborales acarrean costos personales altísimos que cabe reconocer.

 

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